Monday, 23 October 2017

LOS PUEBLOS DEL MAR EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

Algunos investigadores han explicado la fase inicial de la cultura ibérica de Tartessos por la llegada al suroeste peninsular de unos navegantes procedentes de las costas del mar Egeo, los cuales recibieron la denominación de Pueblos del Mar en base a ciertas inscripciones egipcias de los siglos XIII y XII a C. Esta hipótesis ya había sido planteada por el alemán Adolf Schulten, quien relacionaba igualmente a los etruscos de Italia con los Pueblos del Mar, y ha sido mantenida por otros autores españoles como Ángel Montenegro Duque, Manuel Bendala Galán y Sebastián Celestino Pérez. Los contactos de la población indígena del suroeste ibérico con estos pueblos extranjeros se habrían producido antes del asentamiento de los fenicios, otros navegantes de origen oriental que no están incluidos, sin embargo, entre los llamados Pueblos del Mar. Puesto que los datos arqueológicos sitúan el inicio de la colonización fenicia alrededor de 800 a C, la llegada de los Pueblos del Mar a la Península Ibérica estaría datada entre los siglos X y IX a C, periodo que suele denominarse, por ello, fase de “precolonización”.

Antes de tratar este asunto, necesitamos saber con más detalle quiénes fueron aquellos grupos de navegantes.

LA IDENTIDAD DE LOS PUEBLOS DEL MAR

Algunas fuentes egipcias de la época del faraón Merneptah (finales del siglo XIII a C) y de Ramsés III (principios del siglo XII a C) mencionan a unos pueblos procedentes de “el mar” ‒traducción del término egipcio pa yam‒ los cuales trataron de invadir sus territorios en dos ocasiones diferentes. Otra denominación que utilizaron los egipcios para referirse colectivamente a estos pueblos fue haunebu, la cual se incluye en una de las inscripciones del templo funerario de Ramsés III. El significado de haunebu sería “los de más allá” refiriéndose seguramente a quienes vivían en las costas del Mediterráneo oriental situadas al norte de Egipto, al otro lado del mar. Este último término fue usado por primera vez en los tiempos de la VI Dinastía, cuando se produjeron los primeros contactos comerciales entre los egipcios y otros pueblos del Egeo como los cretenses y los cicládicos, pero después se debió de aplicar igualmente a los habitantes de Grecia y de las costas de Anatolia (la actual Turquía).

En los muros del templo de Ramsés III, también conocido como templo de Medinet Habu, se han conservado relieves que representan a algunos Pueblos del Mar, entre los que destacan los llamados peleset o filisteos, el mismo pueblo que se cita con frecuencia en los relatos bíblicos. Los filisteos formaban parte de una coalición de cinco Pueblos del Mar que se enfrentó con el ejército de Ramsés III en el octavo año de su reinado, durante un periodo en el que se produjo una gran agitación en el Mediterráneo oriental. Sin embargo, la indumentaria y el armamento de los filisteos no son de origen helénico sino asiático, tal como ha demostrado J. Vanschoonwinkel, por lo que resulta muy probable que procediesen de las costas de Anatolia. En la Biblia se indica, por otra parte, que los filisteos o pelistim eran un pueblo inmigrante que se estableció en la franja costera de Palestina, región a la que dieron su nombre, y que no tenían la costumbre de circuncidarse, lo cual implica que no eran un pueblo semítico. Los datos arqueológicos han confirmado la llegada de los Pueblos del Mar a esa zona, que estaba bajo el control de Egipto, entre los siglos XIII y XII a C, en concordancia con las dos oleadas registradas por las fuentes egipcias.

Estas dos invasiones de los Pueblos del Mar, separadas entre sí tres o cuatro décadas, explican el doble origen de los filisteos que se señala en la Biblia, donde también se los denomina “hijos de Caftor” o caftorim, e “hijos de Anak” o anakim (véase Jeremías 47: 4-5). La primera denominación se refiere a la isla de Caftor, generalmente identificada como Creta, la cual estaba ocupada en el siglo XIII a C por los micénicos de Grecia. La segunda, en cambio, debe de referirse al país de Anakku o del estaño, nombre que los acadios aplicaban en la época del rey Sargón a un territorio del sureste de Anatolia situado entre Cilicia y Panfilia, en el cual existían minas de ese metal. Esta última región sería propiamente la patria originaria de los peleset o filisteos, quienes constituían el principal contingente de la segunda oleada de Pueblos del Mar; mientras que los caftorim serían griegos micénicos, el pueblo más numeroso entre los que participaron en la primera oleada y que figura en la documentación egipcia bajo el nombre de ekwesh, semejante al de los aqueos. En las ciudades filisteas de Ekrón y Asdod los arqueólogos han identificado, de hecho, una fase de ocupación con cerámica monocroma, muy similar a la cerámica micénica de estilo IIIC, y una segunda fase con cerámica bicroma inspirada en la anterior, la cual se denomina propiamente cerámica filistea. El problema es que los egipcios no dejaron representaciones de los Pueblos del Mar que formaban la primera oleada, a diferencia de lo que ocurre con los integrantes de la segunda, y por ello no podemos comparar el aspecto que tenían los llamados ekwesh con el de los peleset o filisteos.

Además de estos dos grupos étnicos (peleset y ekwesh) se nombran en los registros egipcios otros siete Pueblos del Mar, cuyas identificaciones más plausibles son las siguientes:

TERESH. Debían de proceder de Taruisha, una región del noroeste de Anatolia citada en algunos documentos hititas. Otras fuentes griegas posteriores situaron en esa misma zona a los tirsenos o tirrenos, cuyo nombre resulta muy similar, así como la ciudad de Tyrrha.

SHERDEN. Su patria originaria estaría localizada en el litoral de Lidia, región de Anatolia occidental cuya capital recibió el nombre de Sardes. El atavío y el armamento de los sherden eran de origen asiático, ya que eran bastante parecidos a los que usaban los filisteos, si bien los sherden se caracterizaban por utilizar unos cascos adornados con cuernos. Sardessos y Sardena son otros dos antiguos topónimos de Anatolia que se asemejan mucho al nombre de los sherden.

SHEKELESH. Se les puede relacionar con el río Shekha de las fuentes hititas, identificable con el río Hermos de Lidia o con el Caicos de Misia. También se conoce el antiguo topónimo Sagalassos en el sur de Anatolia.

LUKKA. Son los licios, que ocupaban el suroeste de Asia Menor.

TJEKER. Son los teucros de las fuentes clásicas, uno de los nombres por el que fueron conocidos los troyanos del noroeste de Anatolia, cuyo aspecto resulta idéntico al de los filisteos en las representaciones del templo egipcio de Medinet Habu.

WESHESH. Su nombre puede relacionarse con el de la ciudad de Iassos en Caria (una región costera de Anatolia occidental), con Assos en la Tróade, o con el golfo de Issos que se encuentra al sureste de Cilicia. Un documento egipcio de la época de Tutmosis III (siglo XV a C) menciona la tierra de Isy junto a Keftiu (Creta), por lo que resulta más factible la localización de los weshesh en el litoral anatólico del Egeo.

DENYEN. Se corresponden con los llamados danuna de Cilicia, cuya capital era la ciudad de Adana. Su aspecto era muy semejante al de otros pueblos anatólicos como los peleset y los tjeker, de acuerdo con los relieves de Medinet Habu, lo cual descarta su identificación como griegos micénicos, a pesar de que éstos también fuesen llamados dánaos en la Ilíada (además de aqueos).

La causa de que varios grupos de los Pueblos del Mar se desplazasen hacia otras tierras fue la grave crisis que se produjo en el Mediterráneo oriental entre los siglos XIII y XII a C, provocada por la rivalidad entre el Imperio Hitita y la Grecia micénica. Esta creciente enemistad desembocó en una gran confrontación que tuvo como consecuencia la destrucción de muchas ciudades costeras y la emigración de una buena parte de sus pobladores, hechos históricos que subyacen en el famoso mito de la Guerra de Troya. Aunque varios de estos grupos se desplazaron desde el litoral de Anatolia hasta Canaán y las fronteras de Egipto, es muy probable que otros contingentes huyesen hacia el Mediterráneo central, lo cual constituiría una primera etapa en la llegada de los Pueblos del Mar a Occidente.

LOS PUEBLOS DEL MAR EN EL MEDITERRÁNEO CENTRAL

Entre los pueblos de origen egeo-anatólico que se citan en los registros egipcios, hay tres que bien pudieron establecer colonias en las islas y costas de Italia: los teresh, los shekelesh y los sherden. Estos tres Pueblos del Mar tenían su origen, con toda probabilidad, en las regiones de Misia y Lidia, localizadas en Anatolia occidental, y quizás también procediesen de las islas egeas más próximas a estas costas. Resulta muy factible que los teresh, llamados tirrenos o tirsenos por los griegos, hubiesen dado su nombre al mar Tirreno, situado al oeste de Italia, y que hubiesen tenido un importante papel en la formación del pueblo etrusco, ya que los etruscos fueron llamados igualmente tirrenos o tirsenos por los griegos. Por su parte, los shekelesh habrían dado su nombre a la isla de Sicilia y los sherden a Cerdeña.

Es sabido que las costas de Italia, Sicilia y Cerdeña ya habían sido visitadas con cierta frecuencia por los comerciantes egeos, especialmente por los micénicos, durante la Edad de Bronce. Respecto al asentamiento de los Pueblos del Mar egeo-anatólicos entre los siglos XII y XI a C (después de la crisis producida en el Mediterráneo oriental alrededor de 1200 a C) existen varios indicios. Ciertos hallazgos arqueológicos de Sicilia, por ejemplo, apuntan a esa presencia anatólica. En Pantalica, un enclave situado al este de la isla, se ha encontrado un tipo de cerámica roja y brillante, hecha a torno, que se usaba en Chipre, Anatolia y otras zonas del Egeo a finales de la Edad de Bronce. En el cementerio de Monte Dessueri, al sur de Sicilia, se practicaba la cremación durante el siglo XI a C y se conservaban las cenizas de los difuntos en unas grandes vasijas llamadas pithoi, un rito funerario que se documenta también en el cementerio troyano de Besiktepe entre los siglos XIV y XIII a C y en la necrópolis filistea de Tell Qasile, datada en el siglo XI a C.

Por otra parte, algunas inscripciones tardías procedentes del territorio siciliano de los elimios, a quienes los autores clásicos solían atribuir un origen troyano, muestran algunos rasgos lingüísticos semejantes a los de la lengua licia y la lengua etrusca. Se sabe además que la lengua etrusca, que no pertenece a la familia indoeuropea, era a su vez muy parecida a la lengua que hablaban los habitantes de Lemnos en el siglo VI a C, y esta isla del Egeo se encuentra muy cerca de la costa occidental de Anatolia. Algunas fuentes clásicas señalan que los lemnios eran un pueblo pelasgo, y los pelasgos eran considerados la población más antigua del Egeo, anterior a la llegada de los primeros indoeuropeos. También el nombre de los filisteos (peleset o pelistim) parece tener una relación lingüística con el de los pelasgos. No obstante, la lengua etrusca asimiló otros términos, los cuales pueden identificarse en la onomástica, que se relacionan con las lenguas indoeuropeas de Anatolia como el lidio y su antecesora, la lengua luvita. Por ejemplo, el nombre de la ciudad etrusca de Tarquinia, que según una leyenda había sido fundada por el mítico héroe Tarcón o Tarconte, hermano de Tirreno, se identifica claramente con el teónimo asiático Tarkhuna o Tarkhunta, que aparece asimismo en los nombres de algunos reyes de Anatolia occidental mencionados en las fuentes hititas (como Tarkhuna-Radu y Manapa-Tarkhunta) y en el nombre de Tarkhuntassa, una región del sur de Anatolia. Éste es tan sólo un ejemplo de las muchas conexiones que existen entre la onomástica etrusca y la onomástica egeo-anatólica, las cuales demuestran el parentesco étnico y cultural de los etruscos con los Pueblos del Mar.

También hay que destacar las figuras de bronce de los siglos IX a VII a C halladas en la isla de Cerdeña, que representan guerreros con cascos bastante similares a los que utilizaban los Pueblos del Mar anatólicos a principios del siglo XII a C, tal como aparecen en los relieves egipcios de Medinet Habu. Alguna de esas figurillas muestra el mismo tipo de casco usado por los peleset, tjeker y denyen, mientras que en otras figuras encontramos cascos con cuernos parecidos a los que llevaban los sherden de Lidia, el pueblo cuyo nombre se identifica justamente con el de Cerdeña. Las estatuas-menhires encontradas en la vecina isla de Córcega, que deben de ser un poco más antiguas, representan igualmente a unos guerreros que usaban cascos con cuernos y largas espadas.

Es necesario señalar, por último, que la tradición clásica relativa al asentamiento de unos refugiados en Italia y Sicilia ‒los cuales habían sido derrotados en la legendaria Guerra de Troya e iban dirigidos por el mítico Eneas‒ debía de ser un trasunto del histórico establecimiento de los Pueblos del Mar en esas mismas zonas durante los siglos posteriores a la grave crisis de 1200 a C. De este modo, el pueblo latino podría haber llegado a considerar a esos navegantes anatólicos ‒los inmigrantes que originaron la civilización etrusca en la región situada al norte del Tíber‒ como una parte de sus propios antepasados.

LOS PUEBLOS DEL MAR Y EL REINO DE TARTESSOS

Una vez que hemos verificado la presencia de los Pueblos del Mar en varias regiones del Mediterráneo central durante los siglos XII y XI a C, vamos a estudiar ahora la cuestión de su posible llegada a las costas de la Península Ibérica entre los siglos X y IX a C, poco antes de que se produjera la colonización fenicia.

El área principal de contacto entre la población indígena de Iberia y los navegantes extranjeros habría sido el suroeste peninsular, una zona rica en metales donde floreció la cultura de Tartessos. Ciertamente el nombre de Tartessos, que además de aplicarse antiguamente a una ciudad era también una denominación del río Guadalquivir, debe de tener un origen egeo-anatólico y puede significar “fortaleza”. El geógrafo Estrabón lo relacionó con el nombre del Tártaro, una fortaleza situada en los dominios infernales del dios Hades que los griegos localizaban normalmente en el extremo occidental del mundo (Estrabón III, 2, 12). La raíz tart- también debe de ser, por la proximidad entre los fonemas t y d, la misma que encontramos en el nombre de los dárdanos, utilizado a veces por Homero para referirse a los troyanos. Por otra parte, los hititas aplicaban la denominación de tartenu a un representante o enviado del rey.

Hay que tener en cuenta, además, que el río Tartessos o Guadalquivir fue también conocido en la antigüedad como río Betis y río Kertis, y al menos uno de estos dos nombres podía pertenecer a la lengua hablada por la población indígena, de modo que el nombre de Tartessos tenía que ser de origen foráneo. Así y todo, el nombre de Tartessos y los tartesios derivó posteriormente en el de las tribus ibéricas de los turdetanos y los túrdulos, quienes debían de haber asimilado este exónimo.

Diversos datos arqueológicos indican que, desde el siglo XV a C, se habían producido algunos contactos comerciales entre la población ibérica y otros pueblos del Mediterráneo central, los cuales realizaban a su vez intercambios con los pueblos del Egeo y de Chipre. En la isla de Menorca se encontró una pieza de cerámica cicládica de 1500 a C, y por esa misma época se adoptó en el sureste ibérico (la zona de El Argar) un tipo de enterramiento de origen egeo-anatólico que también se practicaba en Sicilia. Además de esto, se han encontrado en el valle del Guadalquivir fragmentos de cerámica micénica del siglo XIII a C, y en la ría de Huelva se hallaron algunos objetos de estilo chipriota datados en el siglo IX a C, que es aproximadamente la misma época a la que pertenece un espetón de bronce, de origen tartésico, encontrado en Amathus (Chipre).

Otro hallazgo interesante es una construcción funeraria del siglo IX a C descubierta en la Roça do Casal do Meio (Portugal), la cual resulta muy similar a otras tumbas contemporáneas de la isla de Cerdeña. También hay que destacar el conjunto de estelas de piedra del siglo VII a C, encontradas en el suroeste peninsular, con representaciones de guerreros que, entre otros objetos, incluyen cascos con cuernos semejantes a los de las figurillas de bronce sardas, así como carros y espejos de un estilo que había tenido su origen en el Mediterráneo oriental.

Se sabe, además, que los tartesios adoptaron un sistema de escritura en el siglo VII o VI a C, cuando ya estaban en contacto con los griegos y los fenicios, y por ello nos dejaron un conjunto de inscripciones cuya lengua resulta desconocida. Lo más probable es que fuese la lengua hablada por la población autóctona y estuviese por ello emparentada con el ibero, que no pertenecía a la familia indoeuropea. Así y todo, las relaciones lingüísticas entre la onomástica tartésica y la egeo-anatólica no parecen limitarse al nombre de Tartessos. El legendario rey Gárgoris, padre de Habis, tiene un nombre similar al del monte Gargaron, situado en la Tróade. La raíz garg- o gorg- se encuentra igualmente en el nombre de las monstruosas gorgonas, que significa “horribles”, y las leyendas griegas localizaban la lucha del héroe Perseo y la gorgona Medusa en el lejano Occidente. En el sureste de Italia encontramos asimismo el topónimo Gargano. Hay que reconocer, sin embargo, que el rey Gárgoris podría tener directamente un nombre helénico por haber sido el personaje de una leyenda transmitida por los griegos, algo que también puede decirse del rey Gerión, quien fue vencido por el famoso Heracles, y cuyo nombre debe de estar relacionado con el término griego geryos que significa “voz”. Es curioso, por otra parte, que la tradición helénica nos presenta a Nórax, nieto de Gerión, como el mítico fundador de la ciudad de Nora en Cerdeña, lo cual parece reflejar esas antiguas relaciones entre los sardos y los tartesios.

Respecto a Argantonio, nombre de otro rey tartésico mencionado por los griegos, su etimología indoeuropea sería “señor de la plata”, una clara alusión a las grandes cantidades de este precioso metal que poseían los tartesios. La raíz arg- (plata) existe también en griego, pero la variante argant- o argent- es más propia del celta y del latín. No obstante, se conoce la existencia de un antiguo monte Argantonio en el noroeste de Anatolia, el cual es mencionado por Apolonio de Rodas en su poema “Argonáuticas” (I, 1177-1182). El nombre de este monte debe de estar relacionado con el de la ninfa Argantona que, según la tradición griega, estuvo casada con Reso, un legendario rey de Tracia. Vemos, por tanto, que el nombre de Argantonio se puede explicar desde una lengua indoeuropea de Anatolia (quizás el lidio o el frigio) o bien desde una lengua itálica, lo cual permite suponer que la monarquía tartésica lo habría recibido de aquellos navegantes pertenecientes a los Pueblos del Mar que intercambiaron la plata tartésica y otros metales por sus productos.

Otro dato lingüístico interesante lo proporcionan las antiguas ciudades del suroeste ibérico cuyos nombres acababan en el sufijo -ipo, el cual admite las variantes -ippo, -ipa e -ippa. Estos topónimos también tienen sus paralelos en Anatolia y en Sicilia, ya que las fuentes hititas de la Edad de Bronce registran los nombres de Musinipa, Zinippa y Zazlippa, así como otras fuentes más recientes localizan Caripa y Centuripa en la isla de Sicilia. Los topónimos que encontramos en la Península Ibérica son, concretamente, los siguientes: Olisipo, Acinipo, Ostipo, Ilipa, Collippo y Baesippo.

A partir de todos estos datos se puede concluir que los tartesios no constituían un pueblo extranjero asentado en el suroeste peninsular, ya que poseían una lengua propia de origen ibérico, pero el desarrollo de la civilización tartésica sí que debió de ser impulsado por los contactos comerciales entre la población indígena y los Pueblos del Mar establecidos previamente en el Mediterráneo central, siendo los habitantes de Cerdeña y Sicilia dos grupos fundamentales de intermediarios entre Oriente y Occidente. Los llamados sherden, shekelesh y teresh, procedentes de Anatolia occidental, habrían aculturado a otros pueblos de las islas y territorios de Italia entre los siglos XII y X a C, los cuales ya habían mantenido anteriormente contactos con la población ibérica. Los navegantes que realizaron intercambios comerciales en las costas del suroeste peninsular, y que quizás llegaron a establecer alguna pequeña factoría como el ejemplo citado de la costa portuguesa, serían el resultado de una mezcla étnica entre los primitivos habitantes de Cerdeña y Sicilia y los Pueblos del Mar que se asentaron en esos mismos territorios. Quizás algunos de estos individuos pasaron temporadas más o menos largas junto a los gobernantes tartesios, realizando la función de agentes comerciales y consejeros, o bien se produjeron matrimonios entre las familias gobernantes para afianzar los lazos de amistad, de modo que los monarcas de Tartessos llegarían a adoptar algunos de los términos lingüísticos usados por esos sabios extranjeros (como el propio nombre de Tartessos o el de Argantonio). También los carros, cascos y espejos habrían sido copiados por los tartesios de sus civilizados socios orientales. Como ya se ha indicado, esta importante influencia cultural sería anterior a la que ejercieron los fenicios y los griegos, y por ello resulta muy apropiado el término “precolonización” para referirse a ella.

Hay un último dato que también tiene bastante interés. De acuerdo con un estudio de Marisa Ruiz-Gálvez, la unidad de peso que se utilizó en el sur de Iberia a partir del siglo VIII a C fue el siclo fenicio, pero en una fase anterior, el patrón utilizado parece haber sido el siclo anatólico o hitita, lo cual apunta nuevamente a una importante actividad comercial en nuestra península de los Pueblos del Mar, o bien de otros navegantes itálicos muy relacionados con ellos.


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Nota: El copyright del artículo “Los Pueblos del Mar en la Península Ibérica” pertenece a Carlos J. Moreu. El permiso para volver a publicar esta obra en forma impresa o en Internet ha de estar garantizado por el autor.